Pero, de repente, apareciste a mis espaldas. Tu cálida sonrisa llenó mi alma de alegría, y tus ojos iluminaron mi rostro. Me preguntaste mi nombre, y me pediste permiso para sentarte a mi lado. Observaste que mis ojos estaban húmedos de amargura y me pasaste tu brazo por mi espalda, siempre sonriendo con ternura. Sin apenas esfuerzo, lograste que te abriera mi corazón, dejando salir mil historias, unas amargas y otras preciosas. Sin darme cuenta, estaba compartiendo todo eso con alguien que no conocía hasta ese momento. Todo pasaba con rapidez. Tu presencia lo facilitaba todo. Te miré a los ojos y pregunté cual era tu nombre. Me sonreíste y dijiste: "Ven mañana al atardecer, y la brisa del mar te lo susurrará al oído". Y, sin más, te levantaste y marchaste.
Me volví y ahí estabas tú, con tu inseparable sonrisa, mirándome. Te inclinaste y me besaste en la mejilla. Al separar tu rostro del mío, pude observar tus ojos más de cerca. Eran unos rasgados ojos marrones que desprendían cariño, pero a la vez tristeza. Una pequeña lágrima brotaba para empezar a recorrer tu cara. Acerqué mi mano a tu rostro y corté su recorrido. Te pregunté si te ocurría algo. Negaste con la cabeza y me dijiste: "Llevo mucho tiempo esperando este momento. Tú no me conoces, pero yo a ti sí. Siempre que vienes cada verano a este lugar, te observo a lo lejos. Y me paso el resto del año esperando a que vuelvas. No me preguntes por qué nunca me acerqué a saludarte. Quizás temía que te fueras y nunca volvieras, pero pensé que no podía pasarme todos los veranos sin conocerte. Y ayer me armé de valor y me acerqué a ti. Todo lo que me contaste.... es exactamente lo que yo misma he vivido". Durante los siguientes minutos fuiste tú quien me abriste el corazón y me contaste mil historias, unas amargas y otras preciosas.
Al terminar, te me quedaste mirando, con media sonrisa. Tu pelo ondeaba mostrando su belleza al cielo. Me cogiste de la mano y te arrimaste a mí. Apoyaste tu cabeza en mi pecho y me pasaste el brazo por la espalda. Cayó la noche y la Luna observó cómo seguíamos acurrucados durante minutos, hasta que me miraste una vez más y me dijiste: "Te quiero". Esas palabras se grabaron al instante en mi interior, con fuego. Me acerqué hasta que noté tu respiración en mi rostro. Cerré los ojos y supe qué era la felicidad. Mis manos acariciaron tu pelo, despacio, muy lentamente. Sentía los latidos de tu corazón como si fueran los míos propios. Tus dedos jugueteaban en mi espalda mientras nuestros labios se fundían sin querer separarse. Mi mano pasó de tu pelo a tu suave mejilla. Era como la seda, como la más costosa seda traída de Oriente. El olor de tu piel.... como el de miles de rosas recién cortadas. Un olor que todavía me acompaña.
Nuestros labios se separaron. Me acariciaste la cara y dijiste: "Tengo que irme. Mañana te esperaré aquí....". Te interrumpí. "No, mañana salgo para mi ciudad". Nuestros ojos se llenaron de lágrimas y nos abrazamos. "Te estaré esperando aquí, junto al sauce, el verano que viene". Asentí y te besé de nuevo. Nos levantamos y despedimos.... hasta el año que viene.
Los días pasaron rápidamente, como los trenes pasaban de largo ante la estación abandonada del pueblo. Dejé las maletas en el hostal, y bajé corriendo hacia el acantilado. Divisé el sauce a lo lejos, y aceleré el paso.... pero no estabas allí. Volví al pueblo y pregunté a todos los transeúntes por tu nombre, pero nadie me dijo nada de ti. Pregunté en los bares, en las tiendas, en los quioscos.... pero nadie me dijo nada de ti. Me pasé todo el verano esperándote junto al sauce, todos los atardeceres.... pero ni el Sol ni la Luna me dijeron nada de ti. Marché del pueblo, pasó un año.... no te volví a encontrar. Pasaron dos, tres, diez.... jamás volví a ver aquellos ojos marrones, ni a oler el aroma de tu piel....
Está atardeciendo. El Sol se esconde en el mar, iluminando con sus últimos rayos un cielo enrojecido. Te escribo junto al sauce, desde donde te estaré esperando, cada día, hasta que aparezcas con tu sonrisa y me vuelvas a susurrar tu nombre en mi corazón.